

4 de abril de 2025 - 11:10 PM
Aunque el estrés, la ansiedad y el nerviosismo están interrelacionados, a menudo suelen ser confundidos unos con otros y algunos de sus síntomas pueden asemejarse, se trata de tres estados diferentes, según los especialistas en salud mental.
El estrés es un sentimiento de tensión física o emocional, provocado por una situación difícil o un pensamiento agobiante y surge como una reacción del cuerpo a ese desafío o demanda.
La ansiedad es un estado duradero de angustia, agitación, temor, inquietud o zozobra anímica, ante algo que se sabe que ocurrirá o se cree que podría suceder, pudiendo ser una reacción al estrés.
Por su parte, el nerviosismo es una excitación nerviosa pasajera ante una situación puntual que nos inquieta, provocando un malestar menos intenso que el que desencadena la ansiedad.
Para la OMS, la ansiedad es una “sensación de peligro inminente, de pánico o de fatalidad”; mientras que el estrés consiste en “un estado de preocupación o tensión mental generado por una situación difícil”.
Además del malestar físico, emocional y psicológico que provocan, estas tres condiciones tienen otro punto en común: pueden controlarse de manera natural y en diversas medidas por medio de la alimentación, favoreciendo un estado de relajación general y preparando el terreno para que, llegado el caso, los tratamientos médicos o psicológicos funcionen mejor.
“Cuando la ansiedad se vuelve constante, puede interferir significativamente nuestra calidad de vida, manifestándose de muchas formas en nuestro organismo, a nivel físico y psicológico”, según la doctora Sonia Clavería, especialista en medicina familiar y comunitaria, integrante del departamento técnico de la plataforma noVadiet.
Algunos de sus síntomas son: palpitaciones o ritmo cardíaco acelerado; sudoración excesiva; temblores o sacudidas; dificultad para respirar; dolor de cabeza; fatiga; problemas gastrointestinales; preocupación constante; irritabilidad; dificultad para concentrarse; inquietud y trastornos del sueño.
El estrés, además de alterar nuestro estado de ánimo, impacta en nuestro sistema digestivo, pudiendo reducir la producción de enzimas digestivas, afectar la absorción de nutrientes, generar gastritis, inflamación, estreñimiento o diarrea, o afectar a la flora bacteriana intestinal, que es clave para nuestro bienestar emocional, según explica Clavería.
Cuando el estrés se mantiene en el tiempo, puede fomentar tanto un exceso como la falta de apetito, reflujo gastroesofágico o sobrepeso; y si se vuelve crónico, puede derivar en enfermedades gastrointestinales como el síndrome de intestino irritable o la dispepsia funcional, dificultando la digestión y provocando una sensación constante de malestar abdominal, puntualiza.
Señala que “para mantener a raya el estrés, la ansiedad y el nerviosismo, es necesario efectuar cambios en la alimentación que contribuyan a aumentar nuestro bienestar emocional, adoptando hábitos alimenticios saludables, consumiendo algunos alimentos que actúan como relajantes naturales, y eliminado de la dieta otras comidas que fomentan en malestar nervioso.
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