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Pasar más de tres décadas criando perros con el fin de torturarlos, sometiéndolos a peleas desgarradoras, inyectándoles esteroides y otras sustancias para que se vuelvan más sanguinarios, quitándoles la vida cuando rehúsan pelear, o dejándolos morir de hambre, sed o insolación, es un camino a la infamia del que no hay retorno. Es decir, sin rehabilitación posible.
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