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Una piedra. Esa es la temible evidencia de la “violencia” de un puñado de manifestantes, algunos legítimamente indignados tras la Policía acorralarlos e impedirles el paso por la ruta de la protesta; otros enviados por la propia Policía. El Gobernador sale con ese rostro solemne en el que siempre luce incómodo, como a quien se le dificulta entrar en el personaje de adulto preocupado.
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