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El cielo se impregna de gloria: caminar por las calles neoyorquinas con un airecito de turista es un deleite para aquellos que recién descubrimos los manjares de la Gran Manzana. Central Park se divisa mientras anochece: transeúntes se entremezclan, razas, sabores, personalidades y géneros. Es un baile esplendoroso; fuera los estigmas y las nociones falsas sobre lo que es la ciudad de los rascacielos. Se dispersan los seres con facilidad entre sus calles en movimiento.
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