

La absurda discusión sobre las “terapias de conversión”, nos vuelve a advertir sobre los peligros del fundamentalismo. Esa posición reproduce las concepciones autoritarias de las tradicionales culturas donde se escribieron los textos considerados sagrados, sin diferenciar entre fe y cultura. Los fundamentalistas no tienen conocimiento como para saber que los textos bíblicos son frutos de la experiencia humana con lo divino y como tales, escritos por hombres inspirados, pero desde su cultura y con el lenguaje disponible en esa época. Por lo tanto, no son textos de piedra como para ser interpretados literal y dogmáticamente, sino mediante el análisis histórico que facilite separar lo que es cultura humana de la intención divina, con el fin de hacer posible la adaptación a la situación histórica y a la cultura de hoy.
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