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Tuvo suerte mi madre cuando su maestra de Español le asignó un informe oral sobre la Escena VIII de “El jíbaro” de Manuel Alonso. Aquella escena se titulaba “Una pelea de gallos” y su padre -mi abuelo- era gallero. Con aquel libro decimonónico debajo del brazo, mi madre presentó frente al salón las espuelas, los botines y la vara con la que su padre entrenaba los gallos. Les contó a todos cómo su padre les cortaba la cresta, las barbas y algunas plumas, y cerró describiendo los tipos de picotazos: a la cabeza, al pescuezo o al buche. Hasta le dio la razón a Manuel Alonso cuando dijo que, antes que cualquier cúpula o campanario de iglesia, en cualquier pueblo primero se construía una gallera.
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